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formas de dolor emocional

Actualizado: 24 de sep de 2019


malestar emocional


Una emoción es un reflejo de la mente en el cuerpo. Un filtro del que está dotado nuestro organismo para de una manera rápida y eficaz clasificar la información que tomamos del entorno. Lo que es lo mismo, para dotar de relevancia a unos estímulos y descartar otros. Cuando nos encontramos entre un grupo de personas por ejemplo, el simple hecho de que una de ellas nos inspire temor, o alegría, o lástima, o vergüenza, significa que nuestro cuerpo nos está hablando y seleccionando como relevante una información nada desechable que nos mueve a actuar de una forma y no de otra y lo hace en base a tal sensación. Normalmente actuamos cargados de razones, nos comportamos de forma adecuada o valiosa apelando a un sinfín de buenas de éstas, aunque en realidad la decisión última para actuar como lo hacemos no depende de nuestra mente más analítica y racional, sino de nuestra mente emocional. Actuamos bajo estados de alegría, miedo, vergüenza, tristeza… etc más o menos intensos y si nos sobrevienen dudas, lo hacemos, en último término, de manera intuitiva. Y la intuición no deja de ser una emoción sutil, una emoción que percibimos tan suavemente que apenas somos conscientes de ello. La elección, en definitiva, de guiarnos y obrar de una u otra forma, no es en esencia racional. Las emociones son nuestra guía.

Según algunos estudiosos del tema podemos hablar de emociones básicas o, lo que es lo mismo, esenciales para la supervivencia y comunes a todos los seres humanos. Cada una de ellas nos da, como hemos dicho, información relevante sobre el entorno:


El Miedo: nos dice si un acontecimiento es peligroso y si debemos cambiar de planes para hacer frente al peligro, nos conduce a huir generalmente…

La Alegría: nos indica que todo va acorde a nuestros planes, nos dota de euforia y sensaciones positivas para continuar…

La Tristeza: es un indicador de que nuestros planes no se van a ver cumplidos tal y como habíamos imaginado, nos lleva a desistir y abandonarnos…

El Enfado (la ira): nos indica que han de vencerse obstáculos para que nuestros planes puedan verse cumplidos, nos conduce a luchar…

La Sorpresa: nos habla de un acontecimiento inesperado que ocurre de repente y que tal vez nos conduzca a modificar planes…

La Repugnancia: nos dice que han de evitarse o cambiarse los planes para no sufrir algo desagradable, nos lleva a evitar…


Si lo expuesto hasta ahora habla de lo adaptativas, importantes y sensatas que son las emociones y además hemos dicho que actuamos guiados por ellas, ¿por qué surge el dolor con tanta frecuencia en nuestras vidas y éste nos impide actuar o nos lleva a actuar de maneras poco beneficiosas?

La enfermedad surge cuando las entidades, digamos internas, no están en equilibrio. Nuestra mente está obteniendo conclusiones disfuncionales o, lo que es parecido, dañinas para con nosotros mismos y por lo general, para con los demás sin que seamos plenamente conscientes de ello. Esto es lo que comienza a alertarnos e incluso a doler. Si no siempre somos conscientes de nuestras pautas de pensamiento, deberemos tratar de traerlas a la consciencia observando precisamente las emociones. Formas de dolor emocional son el miedo o la ira, el resentimiento, la irritación, la impaciencia, la furia, los celos el odio (todas ellas versiones del Miedo), la tristeza, la depresión, la culpabilidad, la autocompasión (todas ellas versiones de la Tristeza); y a veces llegan a doler tanto que el cuerpo se resiente y también enferma.


No resulta fácil darse muchas veces darse cuenta del conflicto que está causando nuestra amargura, pues la mente para protegerse y sufrir lo justamente necesario aparta su atención y trata de autojustificarse de algún modo. Por ello seguimos enredados en el displacer por tiempo y llegamos a empeorar la situación sin ponerle remedio. No entendemos los conflictos que subyacen a las emociones que estamos experimentando y actuamos en base a ellas, por supuesto, pero con disgusto. No nos sentimos capaces en el fondo de afrontar lo desagradable y nos quedamos detenidos en esa imagen de debilidad autoimpuesta. Si ambas entidades, pensamiento y sentimiento son concordantes, el flujo de acción resulta relativamente sencillo y satisfactorio; pero si por el contrario, razón y emoción presentan alguna contradicción, el tema se complica sobre manera y el sufrimiento está servido.

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